Conferencias

Conferencia del Cardenal Peter K. A. Turkson, presidente del Pontificio Consejo “Justicia y Paz

7 de Mayo de 2010, Rosario (Argentina)

“Promover el desarrollo humano integral para erradicar la pobreza”

Introducción

Saludo cordialmente a Su Eminencia, a los Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos, a los muy apreciados Sacerdotes, y a todos ustedes estimados Hermanos y Hermanas que participan en este Primer Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia.

A todos vosotros os transmito los más cordiales saludos y los mejores deseos en la oración del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Confío en que vuestras jornadas aquí, reflexionando sobre la Doctrina Social de la Iglesia, produzcan abundantes frutos en la caridad de Jesucristo para todos los miembros de esta Nación. Les deseo que este encuentro sea ocasión de reflexión y respuesta a las urgentes necesidades que presenta la situación de pobreza para vuestro pueblo, deseando para todos vosotros que con la luz de Jesucristo que se ha hecho testigo de la caridad en la verdad y que es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad[1], puedan progresar en orden a la “erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos”.

 

 

 

PRIMERA PARTE

Causas y efectos del Subdesarrollo a la luz de la Doctrina social de la Iglesia

 

Presupuestos

Deseo comenzar esta exposición invitándoles a advertir, que al hablar de promoción de desarrollo humano, de ordinario dirigimos inmediatamente nuestra atención y nuestros recursos a diseñar y cumplir una serie de actividades externas que favorezcan el desarrollo humano, mientras que hemos de recordar la directa llamada recibida del Santo Padre Benedicto XVI, para que comencemos por discernir sobre nuestra propia vida, profundizando en la propia vivencia del amor y de la búsqueda del bien como primer paso a realizar en la erradicación de la pobreza y la consecuente búsqueda del desarrollo [2]. Por ello no es el “hacer” lo que fundamenta nuestro anhelo de resolver las necesidades materiales de nuestros hermanos, sino el discernir, el reflexionar, confrontando nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios. Y este Congreso es precisamente un momento de este necesario discernimiento, por lo que el objetivo que habéis propuesto para este Congreso de “generar conciencia sobre la unidad entre fe, razón y servicio” será copiosamente iluminado por la luz de la doctrina social de la Iglesia que nos advierte que “sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor” [3], por lo que todo nuestro actuar necesita fundarse sólidamente en el amor que recibimos del encuentro personal y comunitario con Dios y en el saber que conoce y comunica el testimonio de caridad y verdad de Jesucristo [4].

Un segundo elemento de advertir inicialmente es el reconocimiento de la responsabilidad humana sobre la situación de pobreza, miseria y subdesarrollo que experimentan tantos millones de seres humanos. Su Santidad Benedicto XVI al retomar la enseñanza de Pablo VI nos recuerda que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material, y al retomar la exhortación que a la época se nos dirigió, sigue invitándonos a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, “en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad y después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo[5].

De este modo hemos de dirigir nuestra atención hacia nuestra responsabilidad personal y social sobre ésta cada vez más grave situación de marginación de amplios sectores de la humanidad, pues los efectos de la desigualdad en la calidad de vida entre los seres humanos no es fruto del azar, de la simple casualidad o de un mecanismo económico exento de responsabilidad, sino que es siempre consecuencia de las acciones y decisiones de los seres humanos que de una u otra forma favorecen en los diversos sectores de la vida social el desarrollo y la perduración de las estructuras de pecado [6], ya denunciadas por el Beato Juan Pablo II.

I. Relación pobreza y subdesarrollo

Ya desde el inicio de esta exposición advertimos en su titulación, el contraste que a priori implican estos dos estadios, el desarrollo humano integral y la pobreza, que bajo ciertos criterios llegamos también a llamar subdesarrollo. La Doctrina Social de la Iglesia señala un cierto grupo de elementos que permiten identificar cada uno de los estadios mencionados. Ya el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, entre las Causas externas del subdesarrollo[7], refería que entre las que en mayor medida concurren a determinar el subdesarrollo y la pobreza están:

o   la imposibilidad de acceder al mercado internacional

o   el analfabetismo

o   las dificultades alimenticias

o   la ausencia de estructuras y servicios

o   la carencia de la asistencia básica en el campo de la salud

o   la falta de agua potable

o   la corrupción

o   la precariedad de las instituciones y de la misma vida política.

 

Reconoció además el Compendio que “existe, en muchos países, una conexión entre la pobreza y la falta de libertad y de un adecuado sistema de educación e información”[8]. Son estos aspectos ya un primer desafío y camino en la acción a favor del desarrollo humano integral de tantos seres humanos.

 

II. La Pobreza Globalizada.

La persistencia de la pobreza que puede manifestarse en las diversas carencias ya mencionadas, y que identificamos con el término subdesarrollo, se puede hoy ciertamente calificar como pobreza globalizada, situación que ha hecho necesaria la actualización de la visión cristiana sobre el desarrollo humano que el Papa Pablo VI había ya presentado en la Populorum Progressio y que hoy se propone con la encíclica Caritas en veritate. Esta pobreza globalizada demuestra las carentes condiciones de vida padecida por miles de millones de seres humanos en todas las naciones del mundo, y que se han convertido en el mayor desafío también para la Iglesia, al ser Iglesia en el mundo, en la búsqueda de la realización las condiciones de vida correspondientes a la dignidad humana y al verdadero desarrollo humano integral.

Es claro en la conciencia de la Iglesia que existen muchos hermanos necesitados que esperan ayuda, muchos oprimidos que esperan justicia, muchos desocupados que esperan trabajo, muchos pueblos que esperan respeto. Por lo que hemos de advertir que al panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos humanos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono de las personas en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social[9].

 

Se descubre también necesaria en esta realidad globalizada la liberación de las plagas del hambre y la pobreza[10],  que obstaculizan la realización de la vocación del ser humano al desarrollo[11], e impiden la realización de las condiciones necesarias para alcanzar una existencia humana libre y digna. La pobreza en nuestro mundo ha ya sido calificada como una afrenta a la civilización y un escándalo. Y como sabemos, al inicio de este milenio, este escándalo provocó la conciencia de las Naciones Unidas y llevó a la formulación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Participando personalmente en la reunión de septiembre pasado, que buscaba evaluar la realización del programa de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y sus posibilidades de éxito, se mostró con claridad al menos para mí y para la delegación de la Santa Sede, que nuestro mundo no solo está procurando la erradicación de la pobreza de los países más necesitados, lo cual es esencial, luchando contra la miseria y sus efectos deshumanizadores. Se evidenció también que existe también otro tipo de pobreza en acto, la pobreza espiritual, (una pobreza de mente y espíritu, una pobreza de valores, de consistencia y compromiso, de sinceridad y de buena voluntad) que está estrechamente relacionada a la persistencia de la pobreza material y que experimenta una grande difusión en el mundo y que en diversos modos también considera notablemente las posibilidades de desarrollo de cientos de millones de personas. Lo anterior ha llevado frecuentemente al mundo a procurar la solución de la pobreza material a través de medidas anti-vida: eliminando los recursos que antes se habían invertido en el desarrollo de la creatividad contra la pobreza, favoreciendo a los pobres en ser protagonistas de la superación de su situación, y lograr que ellos conozcan más, para que tengan más en orden a que sean más, a través de los indispensables accesos a la educación y a la salud, y a la plena satisfacción de las necesidades humanas fundamentales.

III. Las Causas del subdesarrollo en la “Caritas in Veritate”.

La doctrina social de la Iglesia que nos convoca en este Congreso “caritas in veritate in re sociale” [12], al  ser un elemento esencial de la Evangelización, es también un elemento indispensable en la misión de la Iglesia, actuando en su relación interna como continuación de la caridad de Jesucristo y en la sociedad como testimonio de la salvación eterna que nos ha sido comunicada, y que llama a todos los hombres a realizar la vocación al desarrollo integral que del Creador han recibido, en la caridad y en la verdad.

El reciente magisterio pontificio al señalar algunos de los elementos indispensables para el discernimiento de la realidad humana contemporánea, advierte los múltiples elementos que han llevado a la actual situación económica y social de crisis, mismos que hemos reconocer en orden a una comprensión más amplia de dicha situación. Así Benedicto XVI nos invita a reconocer que, ya que el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos, de igual modo los actores y las causas del subdesarrollo son múltiples, y las culpas son muchas y diferentes[13]. En la encíclica Caritas in veritate, será además identificada con claridad como una de la causas más importantes del subdesarrollo y la pobreza la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos, de lo cual es prueba la actual sociedad que cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos[14], y que significa un primer desafío al cual responder de modo profundo desde nuestra misma fe, que contiene el principio de la comunión como uno de sus elementos fundamentales.

IV. El Subdesarrollo Moral

Subdesarrollo moral provocado directamente. El magisterio social de la Iglesia ha ya advertido la actual producción de un subdesarrollo moral, “cuando el Estado promueve, enseña, o incluso impone formas de ateísmo práctico, pues priva a sus ciudadanos de la fuerza moral y espiritual indispensable para comprometerse en el desarrollo humano integral y les impide avanzar con renovado dinamismo en su compromiso en favor de una respuesta humana más generosa al amor divino[15].  Ante semejantes situaciones en acto, podemos explicarnos tantos y tan variados atentados contra la dignidad humana difusos en las diversas regiones del mundo.

Iluminados por la fe reconocemos que la persona humana, es el protagonista del propio desarrollo integral, posee una vocación, no solamente a lograr el pleno desarrollo, sino además a la trascendencia, en correspondencia a su ser creado con alma y cuerpo, llamado a la comunión con Dios y con sus semejantes. En consecuencia, ignorar la dimensión espiritual – pasando por alto los aspectos trascendentes de la persona humana en los esfuerzos por la superación de la pobreza- en realidad disminuye el desarrollo humano. Lamentablemente, este reduccionismo luego de la Segunda Guerra Mundial, ha sido una tendencia especialmente creciente en el llamado Primer mundo, tendencia que parece estar acelerando su difusión con el fenómeno de la globalización. Estamos ante esta situación, llamados a reconocer que “no hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo”[16].

Al colocar la religión (lo espiritual) fuera del cuadro social – advirtiendo que pertenece exclusivamente a la esfera privada, u oponerse a su inclusión en la vida pública por ser fuente de división o irracional – se niega la libertad religiosa plena, que no sólo es un derecho humano básico, sino en cierto sentido el fundamental, del que todos los demás derechos básicos dependen.

Subdesarrollo moral exportado. Advierte el Papa Benedicto XVI también una realidad muy particular y preocupante ante la presencia de situaciones por las “que países económicamente desarrollados o emergentes exporten a los países pobres, en el contexto de sus relaciones culturales, comerciales y políticas, esta visión restringida de la persona y su destino, imponiendo a través de las instituciones públicas la negación de la dimensión sobrenatural de la persona humana. Éste es el grave daño que el «superdesarrollo» cuando va acompañado por el «subdesarrollo moral» produce al desarrollo auténtico, pues ésta actitud ateísta llega a convertirse en una realidad que acríticamente viene asimilada en medio de la homogenización que produce la globalización, con las consecuencias posteriores de la presencia del subdesarrollo moral en comunidades donde aún no estaba presente[17].

V. La Crisis antropológica

Al hablar sobre el bienestar espiritual y moral de los pueblos, recuerdo como Su Santidad Benedicto XVI, en su homilía durante la Misa de apertura del II Sínodo para África en Octubre del año 2009, exhortó al pueblo de África de estar atento ante dos peligrosas patologías que acechan su vida: el fundamentalismo religioso, combinado con los intereses económicos y políticos, y el materialismo pragmático, que viene combinado con el pensamiento relativista y nihilista. El Papa lo referiría posteriormente como enfermedades del espíritu, con referencia al Occidente, y con referencia a África (el mundo en desarrollo), como un desecho tóxico para el espíritu, que el primer mundo ha exportado y con el que ha contaminado los pueblos de otros continentes. En mayo del año 2010, en su discurso a la asamblea plenaria de los obispos italianos, Su Santidad Benedicto XVI  se refirió a la gravedad de la actual crisis económica y advirtió la presencia de una igualmente grave crisis espiritual y cultural, la cual no debe pasarnos desapercibida. Para Benedicto XVI esta crisis espiritual y cultural es humana. La actual crisis que puede tener múltiples manifestaciones en las áreas de la economía, el mercado, el comercio, los negocios, la tecnología, la ecología y la política, a fin de cuentas, posee un carácter antropológico.

Buscaré ahora presentar una primera síntesis de las manifestaciones de dicha crisis antropológica:

1. La primera es la manifestación de autosuficiencia: la autoconsideración del Hombre como sólo  producto de la cultura humana, donde él mismo evoluciona las modas del pensamiento sobre sí mismo, independientemente de la naturaleza humana y de cualquier ley universal inherente a su ser. El hombre sería así el autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad[18], por lo que no sólo remplaza a Dios, sino que lo suprime completamente de su vida.

2. Una posterior manifestación derivada de la posición anterior, es la creencia  del hombre de que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo[19].

3. La tercera, es originada al desvincularse del bien común y de la dimensión universal de la ley moral objetiva, el hombre ahora busca en la opinión de las mayorías el fundamento de sus decisiones y las bases para la determinación de la moralidad de la ley con la inestabilidad que supone, creando la impresión de que las normas se crean solamente a través del consenso.

4. La cuarta es la ideología tecnocrática que idealiza el progreso técnico y confía el entero proceso del desarrollo a la sola tecnología. Esta ideología crea sistemas y formas de concebir al ser humano y la estructura de la sociedad, que son irreales y contrarías a las necesidades humanas y al bien común.

5. Finalmente, se presenta la utopía de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario y revela como intención deconstruir las concepciones sobre la persona humana y sus instituciones (varón, mujer, familia, matrimonio, los hijos y su educación, etc.) y los de una valoración moral y de la responsabilidad humana[20].

VI. El Reduccionismo antropológico

Ante las situaciones que hemos considerado, el Papa nos advierte la presencia de un reduccionismo antropológico que de la interpretación unívoca de la realidad humana efectuada por el materialismo, conduce al error fruto de la parcialidad, pues el ser humano no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables en orden a corregir una crisis material, provocando la crisis que atenta por el relativismo contra el ser humano, su dignidad y su vida. Al mismo tiempo no se debe desatender que “el hombre es siempre hombre” y que la libertad humana es siempre libertad, incluso para el mal, por lo se subraya como un grave error considerar que alcanzada una solución en la organización economía, todo quedaría solucionado. A fin de lograr un verdadero desarrollo se ha de permitir que la ética conforme a la dignidad humana actúe al interno de las decisiones presentes en todas las instituciones, permitiendo que la justicia y el desarrollo humano se hagan presente de modo permanente en la vida de las sociedades[21].

Una posterior denuncia es la ambigüedad del progreso, que por un lado, ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal, pues si al progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, el llamado progreso es en realidad una amenaza para el hombre y para el mundo que no posee un objetivo criterio de referencia y aplicación, pues para el ser humano así concebido todo lo técnicamente posible se convierte en lícito[22].

SEGUNDA PARTE

La Doctrina social de la Iglesia instrumento del desarrollo humano integral.

 

Ante los numerosos elementos que hemos considerado en anterioridad, recordar la esencialidad de la doctrina social de la Iglesia en la acción evangelizadora y convencernos de que el educarse en ella[23], constituye una verdadera prioridad pastoral, nos ayudará también a reconocerla como una base firme para la promoción del humanismo integral y solidario debido a la dignidad y vocación de la persona humana. Su difusión como patrimonio eclesial, ha de procurar que los fieles bautizados sean capaces de interpretar la realidad contemporánea y busquen los caminos apropiados para su actuar, iluminando su vida con los valores del Evangelio[24]. Indispensable en orden de esta profundización, será que cada una de las comunidades pase desde “una dimensión teórica” ofrecida por los principios éticos permanentes, a una “dimensión práctica”, que realiza su aplicación efectiva en la medida que las circunstancias permiten y reclaman[25], garantizando por la comunión con Jesucristo en la Iglesia un testimonio fiel en la caridad y en la verdad ante la sociedad.

 

 

 

 

I. Imperativo eclesial a la vivencia de la caridad.

 

Ante la búsqueda de respuestas efectivas y oportunas a las necesidades más urgentes de cuantos viven en medio de serias limitaciones materiales, el magisterio de la Iglesia[26] nos señala el origen y contenido del efectivo amor hacia los pobres. La Iglesia reconoce por ello a la luz de la Palabra de Dios que el amor a los pobres será para los creyentes en Cristo un mandato que cumplir y una enseñanza que transmitir a todos los que reciban el Evangelio.

Contemplando el pasaje del Evangelio de San Mateo que refiere la misión que Cristo resucitado comunica a la Iglesia “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28, 19-20). Podemos descubrir dentro del mandato de evangelizar, el llamado a testimoniar con la propia vida el amor de Cristo a los más necesitados, que previamente nos presenta este mismo Evangelio en las palabras de Jesús: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Del testimonio concreto del amor preferencial por los pobres que caracteriza a los discípulos de Jesús,  nos presentan un amplio y fidedigno testimonio los Hechos de los Apóstoles y la historia de la Iglesia.

 

II. Consideraciones en orden al desarrollo humano integral

Consideremos pues como una propuesta no exhaustiva pero conveniente, algunos elementos necesarios propuestos por la doctrina social de la Iglesia que han de acompañar una eficaz acción en favor del desarrollo, conscientes de que los esfuerzos del hombre por construir un mundo más justo y habitable, tienen un valor precioso ante Dios[27].

 

a. La Conversión

La importancia de la conversión cristiana y sus consecuencias efectivas sobre la propia vida, es una constante de los relatos evangélicos, recordemos la escena del llamado joven rico que recibe de Jesús una invitación más radical aún de la que él afirmaba haber cumplido (Mt 16, 21 ss.), conocemos el final de esta escena, lo que nos muestra que nuestra conversión no ha sido aún total si no alcanza el pleno desprendimiento de lo que puede alejarnos de Dios. Veamos luego el caso de Zaqueo el publicano, que ante el profundo encuentro con el Salvador decide cambiar definitivamente su vida (Lc 19, 9-10) corrigiendo el daño que con el propio actuar se hubiera provocado.

Por ello la conversión plena de cada uno de nosotros ha de acompañar la sincera búsqueda del verdadero desarrollo humano, a fin de que la vida terrena sea más divina y más digna del hombre[28], con la transformación de nuestros corazones de piedra en corazones de carne[29].

 

b. La Fidelidad a la Verdad

De frente a una sociedad que con frecuencia relativiza la verdad, que se desentiende de ella o la rechaza, es de fundamental importancia seguir el camino de la verdad. Como creyentes somos conscientes de que la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que se quiera ver[30]. La verdad nos rescata de las opiniones y de las sensaciones subjetivas que atentan contra la dignidad humana y nos hace así superar las determinaciones culturales e históricas[31].

Una cultura sin verdad es fácil presa de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, llegando a privar a las realidades de su significado estable y objetivo, e imponiendo una valoración relativista. Por ello vivir la caridad en la verdad nos lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y el verdadero desarrollo humano integral[32].

c. El Respeto a la Vida Humana

Una indispensable consideración al momento de procurar el desarrollo, que es subrayada por Su Santidad Benedicto XVI en la Encíclica Caritas in veritate donde afirma “que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica[33], subrayando la centralidad de la concepción de la vida del ser humano, y del ser humano en sí, y reconociéndola como un elemento de fundamental atención en el momento de procurar el desarrollo humano integral. Por ello bajo ninguna circunstancia se puede instrumentalizar al ser humano o parcializar el respeto de los valores irrenunciables de la vida y la familia en esta tarea[34].

d. El Humanismo Cristiano

Sabemos que nuestra fe incluye un principio antropológico que reconoce a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, elevada a un fin sobrenatural trascendente respecto a la vida terrena. Así considerada, la persona humana, creada con las facultades de libertad, inteligencia y voluntad, y reconocida como sujeto de derechos y deberes, es el primer principio, el corazón y el alma de la enseñanza social de la Iglesia. Es ésta la base irreductible e indispensable del nuevo humanismo que podrá producir un verdadero desarrollo humano integral, y para cuya elaboración es necesario promover la reflexión profunda[35].

Somos pues invitados a reconocer la necesidad de profundizar sobre un “humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo[36]. En el pleno reconocimiento de que la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que guiado por la verdad ha de vivificar la caridad[37], hemos de favorecerlo, a través del constante discernimiento en la comunión eclesial.

 

e. La Justicia

La promoción del verdadero desarrollo humano propuesta en la última encíclica señala la justicia como uno de los criterios orientadores de la acción moral que han de acompañar la vivencia del principio «Caritas in veritate» en una sociedad en vías de globalización[38]. Los contenidos ahí presentes, referidos al tema de la justicia se convierten en un desafío para nuestra vida cristiana, pues como primer elemento  se nos advierte que la vivencia de la caridad exige la justicia, incluido el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos[39]. Mientras que especifica que no es posible actuar la caridad en «dar» al otro de lo mío, sin actuar primero la justicia habiéndole dado previamente lo que en virtud de su ser y de su obrar le corresponde[40].

 

En cuanto al principio de la justicia que en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos[41], se precisa junto a la solidaridad el alcance intergeneracional ha de acompañar necesariamente los proyectos para un desarrollo humano integral, por lo que las decisiones del presente no pueden ignorar los derechos de las generaciones sucesivas ni sus efectos sobre las diversas dimensiones de la vida social[42].

 

f. La Gratuidad

El último elemento que señalamos y que nos presenta la Encíclica es el tema del desarrollo que coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos, inclusión que se construye en la solidaridad basada sobre la justicia y la paz[43]. Afirmando que en la época de la globalización, no se puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común, precisa que esta solidaridad no se puede confinar en manos de instituciones que la burocratizan y terminan por consumir los recursos.

La lógica del don propuesta por la Encíclica no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella, sino subraya el principio de gratuidad como expresión de verdadera fraternidad humana en orden al desarrollo[44], pues la vida humana como vocación al desarrollo, implica la disponibilidad solidaria al prójimo como auténtico reflejo de la disponibilidad para con Dios[45].

 

III. Tareas a la a luz de la  Doctrina Social de la Iglesia en orden al desarrollo integral.

El discernimiento de los desafíos contemporáneos a la luz de los principios de la doctrina social de la Iglesia, propone a los fieles cristianos diversas tareas en orden a la promoción del desarrollo humano integral. Consideremos algunas tareas dirigidas a este fin:

1.         Garantizar el estudio y profundización en la Doctrina Social de la Iglesia a fin de impulsar la vivencia del Evangelio de la vida y la solidaridad[46], y favorecer una permanente lectura cristiana de la realidad[47].

2.         Realizar un proyecto orgánico de formación cristiana, inclusivo de todas las fuerzas vivas de la Iglesia que procure con creatividad desde el testimonio vivo de la propia fe, la realización del orden social justo y humano [48] .

3.         Promover y fortalecer en las Iglesias nacionales y diocesanas[49], la verdadera solidaridad, capaz de acoger los grupos humanos excluidos que la globalización hace emerger[50].

4.         Procurar el diseño de acciones concretas que desde el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas tengan incidencia en la sociedad y procuren atender las variadas necesidades de la población conforme a la dignidad humana.

5.         Promover la defensa decidida de la vida y la dignidad humanas ante los ataques sistemáticos que se presentan en diversos niveles de la sociedad[51].

6.         Profundizar y estructurar iniciativas eclesiales para salvaguardar el papel indispensable de la familia en el desarrollo integral de la persona humana y de toda la sociedad[52].

Conclusión

Durante las diversas actividades de este Congreso cumpliremos una reflexión que atenta y responsable es capaz de reconocer que la atención concreta de la pobreza y del sufrimiento forma parte de la misión esencial de la Iglesia. Proceso que la Iglesia ha madurado a lo largo de la historia con el cuidadoso amor hacia quien está afligido, y sembrando en la historia una estela luminosa de vidas que han hecho palpable el amor de Jesús por los que sufren[53]. La permanente presencia de la Palabra de Dios en nuestra vida reclama nuestro compromiso en el mundo y nuestra responsabilidad ante Cristo en la actuación del compromiso por el bien, la justicia, la reconciliación y la paz[54].

Encomendemos nuestras vidas y nuestras obras a Jesús que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, la paz y el desarrollo integral de los pueblos[55]. A Él pidámosle que abra nuestros ojos ante las necesidades de los hermanos, para que la Iglesia, siguiendo Su mandato y ejemplo  sea un vivo testimonio de verdad y libertad, de justicia y de paz, para que todos los hombres se animen con una esperanza nueva[56].

 

Muchas gracias.

 

Cardenal Peter K.A. Turkson

(Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz)

 


[1] Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, n. 1.En adelante CV.

[2] Cfr. CV n. 9.

[3] Cfr. CV n. 30.

[4] Cfr. CV n. 1.

[5] CV n. 19.

[6] Cfr. Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 36. En adelante SRS.

[7] Cfr. PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2004, n. 447. En adelante CDSI.

[8] CDSI n. 447.

[9] Cfr. CDSI n. 5.

[10] Cfr. Turkson, Card. Peter K.A., Discurso ante la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno sobre los Objetivos del Milenio, Nueva York, 20 de Septiembre de 2010.

[11] Cfr. CV n. 11.

[12] CV n. 5.

[13] Cfr. CV n. 22.

[14] Cfr. CV n. 19.

[15] Cfr. CV n. 29.

[16] CV n. 76.

[17] Cfr. CV n. 29.

[18] CV n. 34.

[19] CV n. 43.

[20] CV n. 14.

[21] Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Spe Salvi n. 21.

[22] Cfr. Ibid. n. 22.

[23] Cfr. CV n. 15.

[24] Cfr. CDSI n. 7.

[25] Cfr. Sagrada Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, Librería Editrice Vaticana, 1988, n. 6. En adelante  OEDSI.

[26] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Librería Editrice Vaticana, 2005, n. 520.

[27] Cfr. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 100.

[28] Cfr. CV n. 79.

[29] Cfr. Ez 36, 26.

[30] CV n. 75.

[31] Cfr. CV n. 4.

[32] Cfr. CV nn. 1. 4.

[33] CV n. 75.

[34] Cfr. CV n. 44.

[35] Cfr. CV n. 19.

[36] Cfr. CV n. 19.

[37] Cfr. CV n. 78.

[38] Cfr. CV n. 6.

[39] Cfr. CV n. 6.

[40] Cfr. CV n. 6.

[41] Cfr. CV n. 37.

[42] Cfr. CV n. 48.

[43] Cfr. CV n. 54.

[44] Cfr. CV n. 34.

[45] Cfr. CV n. 78.

[46] Cfr. Documento Final de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, n. 400. En adelante DA.

[47] Cfr. DA n. 403.

[48] Cfr. DA n. 399.

[49] Cfr. DA n. 401.

[50] Cfr. DA n. 402.

[51] Cfr. DA n. 403.

[52] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje a los participantes en la Conferencia Internacional: “Vida, familia y desarrollo: el papel de la mujer en la promoción de los derechos humanos”, Vaticano, 20 de marzo 2009.

[53] Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la misa crismal del Jueves Santo, 21 de abril 2011.

[54] Cfr. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 99.

[55] CV n. 78.

[56] Cfr. Plegaria Eucarística para diversas circunstancias IV.